Guano, el tesoro maldito

Veintidós islas en  Perú concentran los excrementos de millones de aves marinas, el mejor fertilizante orgánico que se conoce. Por Fernando Goitia y Álvaro Ybarra Zavala

Antiguo motor económico del país, trasfondo de dos guerras, el guano vive un nuevo esplendor por el auge de la agricultura ecológica. Sin embargo, alguien tiene que recogerlo…

El olor, el olor… En isla Asia, diminuto y rocoso islote en el Pacífico peruano, los excrementos de las aves y el sudor de los recolectores de guano se combinan en un hedor irrespirable. Mientras los hombres le arrancan la inmundicia seca a las rocas, más de 100.000 pájaros -pelícanos, piqueros, cormoranes, guanayes, pingüinos, zarcillos, gaviotas…- los vigilan desde el suelo o sobrevolando sus cabezas. El escenario le habría fascinado a Alfred Hitchcock. El olor quizá no tanto.

Los 400 ‘campañeros’ que participan en la campaña de recogida del guano en isla Asia combaten la peste con trapos y pañuelos sobre la cara; evitan, de paso, inhalar el polvo que surge al rascar la capa de excrementos y también la ‘lluvia sólida’ de las aves. Solo así es posible recolectar, en tiempos de agrotóxicos y cultivos transgénicos, unas 77 toneladas diarias -30.000 toneladas es el objetivo de toda la campaña– del considerado como el mejor fertilizante orgánico del planeta.

Rico en nitrógeno, fósforo y potasio, tres elementos fundamentales para el crecimiento de las plantas, el guano –wuanu es el término quechua para ‘abono’- ha sido un tesoro de Perú desde tiempos incaicos. El método de extracción, de hecho, no ha variado desde entonces. Ni siquiera con la Revolución Industrial, cuando el mundo asistió a una inédita explosión demográfica y los excrementos avícolas procedentes de Perú -exportaba 300.000 toneladas anuales- permitieron triplicar la producción agrícola en Europa.

“Aquí nos hacen trabajar como esclavos, no les importamos nada, nos tratan como animales. Nunca pensé que esto sería así”, asegura uno de los recolectores

Los historiadores, de hecho, bautizaron al Perú de aquella época dorada como ‘la república del guano’ (1842-1879), tal fue el poderío económico que proporcionó al país andino este recurso natural. Su importancia incluso ha sido equiparada a la del petróleo en el siglo XX, de lo que dan fe dos guerras -la primera con España en 1865; la segunda contra Chile en 1879- y una intervención norteamericana en 1852; todas ellas desatadas por el control de las más de 20 islas guaneras en aguas peruanas.



En isla Asia, 400 hombres arrancan cada día el guano de las rocas. Pasan así ocho meses en jornadas que empiezan a las cinco de la madrugada. Frente a ellos, a una milla de distancia en la costa, se alza una de las zonas de veraneo favoritas de las clases altas peruanas

La sobreexplotación, finalmente, acabó con la gallina de los huevos de oro. Cuando arrancó la extracción intensiva, en el siglo XIX, en las islas vivían unos 30 millones de aves y se acumulaban depósitos de hasta 50 metros de espesor. Hoy apenas quedan tres millones de pájaros y la capa de guano no supera los 30 centímetros.

El ‘tesoro’ se sigue explotando, pero de forma restringida. Se recoge solo en dos islas al año, mientras se dejan las demás en barbecho, hasta que la capa de guano vuelve a estar lista

El negocio hace tiempo que dejó de ser el mismo. Apenas se exporta ya el 30 por ciento de la producción, destinada en su mayoría a mejorar la agricultura local a ‘precios sociales’. Asimismo, los miles de convictos, desertores del Ejército y esclavos chinos que morían recogiendo guano en el siglo XIX han dado paso a jornaleros procedentes de regiones montañosas y pobres, como Áncash o Cajamarca, que acuden cada año a la llamada del guano y pasan ocho meses trabajando sin descanso desde las cinco de la mañana.

‘Hormigas’ en el acantilado

Como si de una colonia de hormigas se tratara, los acantilados del islote amanecen cubiertos por este ejército de ‘campañero’. Unos cepillan el endurecido suelo y, con palas y azadones, extraen las capas de excrementos. Otros introducen el guano en bolsones negros para 50 kilos, se los echan a la espalda y se alejan por la resbaladiza pared que cae a plomo sobre el Pacífico. Y otros más encargados del ‘tamizado’ separan manualmente las impurezas del guano, lo embolsan y lo suben a las barcazas que lo trasladan al puerto de Salaverry, donde es finalmente clasificado y envasado. Muchos trabajan descalzos, y a mediodía, con el cambio de turno, sus pies llevan adherida una gruesa capa de guano.


Perú es el mayor productor de guano, muy por delante de Chile y Namibia. El grueso se extrae en 22 islotes desiertos a lo largo de todo su litoral. Cuando empezó a explotarse, en el XIX, la capa de guano alcanzaba en algunos lugares 50 metros de espesor. Hoy, no pasa de 30 centímetros

Felipe Chuquilla es uno de los que camina entre las rocas con un bolsón de 50 kilos a la espalda. «No sé cuántas cargas llevo -revela-; más de cien, seguro». El suelo está muy resbaladizo y sabe que un error le costaría la vida; un precipicio con una caída de más de cien metros al océano se lo recuerda a cada paso. «Aquí nos hacen trabajar como esclavos, no les importamos nada, nos tratan como animales -se lamenta-. Nunca pensé que esto sería así».



Los ‘campañeros’ se cubren todo el cuerpo cuando trabajan para no respirar el polvo que surge al raspar el guano de las rocas y evitar los excrementos que caen del cielo. Al final de la jornada, el guano acaba adherido a la piel. El baño se convierte en uno de los mejores momentos del día

Chuquilla, de unos 40 años, viene desde Cajamarca, al norte del país, y ya sabe que no repetirá el año que viene. Está cansado y se siente mal. «Este trabajo implica un gran riesgo para la vida y la salud -explica-. La necesidad te lleva a aguantar. Yo he de sacar adelante a una familia, intentar que mis hijos tengan una oportunidad, pero, siendo sincero, ¿qué más da? Si eres pobre, en Perú no vales nada. Da igual dónde busques trabajo; las condiciones son terribles en todos lados. Ya sé que mis hijos acabarán como yo, porque en este país las cosas nunca cambian para las familias como la mía».



Usado como fertilizante por los incas, fue durante la Revolución Industrial cuando el guano se convirtió en un producto de fama mundial. Considerado como el mejor abono agrícola, su explotación proporcionó a Perú el periodo de mayor poderío económico de su historia

Es lo que sustenta, por cierto, el informe Brechas latentes, en el que Oxfam denuncia un «estancamiento» de las condiciones laborales en un país donde solo uno de cada 23 trabajadores goza de protección gremial y en el que el salario mínimo, en términos reales, está muy por debajo del valor que tenía hace 40 años. La ONG resalta que la reducción de la desigualdad en Perú se halla estancada, pese a vivir un largo ciclo de crecimiento económico que no ha sido aprovechado para impulsar políticas sociales ni mejorar la recaudación fiscal.

Al borde de un doble abismo

Un abismo social que los ‘campañeros’ de isla Asia perciben a diario desde el viejo helipuerto que el recién indultado Alberto Fujimori mandó construir allí en sus años de gobierno. Finalizada la jornada, un peón de 26 años llamado Alexandre señala desde la tienda de lona que comparte con varios compañeros hacia el continente, a menos de una milla, donde se recorta el perfil de un complejo residencial. «¿Ve aquellas casas? -pregunta-. Allí vive la gente de plata de este país. Resulta humillante estar aquí, jugándonos la vida como esclavos cuando esa gente lo tiene todo y ni sabe que existimos. Así es Perú, hermano, unos tienen tanto y otros tan poco». Novato en isla Asia, Alexandre dejó su hogar en busca de dinero para proseguir sus estudios. «Vengo de una familia muy humilde. He tenido la suerte de poder estudiar lo básico, pero quiero ser arquitecto. Y lo voy a lograr -afirma-. Aquí, a diferencia de otros trabajos igual de duros, nos dan tres comidas, una cama y no pagan mal». Unos 400 euros al mes, más del triple de lo que cobraría en cualquier empleo en el empobrecido departamento de Áncash.



Hace 150 años habitaban la región unos 30 millones de aves. Hoy apenas quedan tres millones, aunque se ha registrado una cierta recuperación en los últimos años. La pesca intensiva, los cazadores furtivos y el cambio climático son los grandes enemigos de estos animales

Alexandre, como los demás ‘campañeros’, está contratado por Agrorural, la entidad estatal que gestiona la extracción y comercialización del guano de las islas. Ante las quejas, el responsable de la campaña, Iván Balbín, que llegó al sector como ‘campañero’ hace 30 años, relativiza la situación: «Cuando yo empecé, las condiciones eran mucho más duras. Muchas veces no teníamos ni agua y la empresa no nos daba ropa ni herramientas de seguridad como damos hoy en día con las máscaras y las fajas».



Los ‘campañeros’ viven los ochos meses que dura su contrato en tiendas de lona o en precarias casetas. El clima es excepcionalmente seco, apenas llueve, lo que facilita que las heces se solidifiquen pronto. El olor, en esas condiciones, es irrespirable

Heredera de la histórica Compañía Administradora del Guano (CAG), fundada en 1909 con afán sostenible para reorganizar la explotación y el uso de este fertilizante, a Agrorural se le atribuye el pequeño milagro de que Perú preserve todavía sus escasas reservas de guano. El tesoro se sigue explotando, pero restringido a dos islas al año y bajo un plan rotativo que deja cada ‘explotación’ en barbecho, durante cinco o seis años, hasta que vuelve a estar lista la capa de guano. Todo depende, claro está, de las aves, cada vez más amenazadas por los pescadores, los furtivos y por fenómenos como El Niño, que trastoca las corrientes marinas y aleja a las anchovetas, el pez principal sustento de los ‘productores’ de guano peruano.

Incas solitarios

La protección de este precario ecosistema está encomendada a los ‘guardaíslas’, hombres solitarios que habitan y patrullan los islotes y el mar. Una profesión que existe desde tiempos incaicos -según Garcilaso de la Vega en sus Comentarios reales de los incas, publicados en 1609-, cuando se penaba con la muerte a quien pisara las islas en periodo de cría, y a la que los peruanos le dedican el 11 de marzo.

Durante la Revolución Industrial y su explosión demográfica, Perú exportaba 300.000 toneladas anuales de guano. Eso permitió triplicar la producción agrícola en Europa

Cuatrocientos años después, Edgar Rivera es el supervisor de estos guardaíslas. Según dice, el futuro del guano pasa por endurecer las leyes contra quienes lo amenazan. «Es decir, sin alimento no hay aves, y los peces se los llevan las empresas industriales de pesca -denuncia-, amén de la matanza de aves para venderlas al consumo humano. Justo hoy me han comunicado la muerte de 25.000 polluelos abandonados por sus padres que deben ir cada vez más lejos en busca de comida». Algunos biólogos temen, de hecho, que si no se toman medidas contra la sobrepesca tanto las anchoetas como las aves guaneras podrían extinguirse antes de 2030.

FUENTE: www.xlsemanal.com