LOS CHIVATOS, ¿HÉROES O VILLANOS?
 
El 11 de septiembre de 2001 fue el primer día de trabajo de Thomas Drake en la agencia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos (NSA)

Experto en 'software' y criptografía, Drake llegó a su nuevo puesto de trabajo con la misma vocación de servicio público que siempre había demostrado, primero alistándose en las Fuerzas Aéreas y pilotando aviones espía y después como analista en la CIA. Pero poco después de aquel aciago primer día, Drake empezó a descubrir algunos de los secretos más inconfesables de la agencia de inteligencia para la que trabajaba sin sospechar que, cinco años después, acabaría siendo acusado de espionaje y traición.
Todo empezó cuando, en 2002, Drake les trasladó a sus superiores su «profunda preocupación» por el programa de vigilancia que, como consecuencia de los ataques terroristas de aquel 11-S, la Administración Bush había puesto en marcha para espiar a ciudadanos americanos a través de escuchas telefónicas ilegales. En aquella reunión, Drake defendió la existencia de otros programas informáticos -como el ThinTread, que él había ayudado a desarrollar- capaces de hacer el mismo trabajo, pero siendo menos intrusivos y protegiendo la privacidad de los ciudadanos. Pero sus quejas y advertencias cayeron en saco roto.

Tampoco sentó bien entre sus superiores que Drake se convirtiera en una de las fuentes del comité del congreso que investigó los fallos de inteligencia relacionados con el 11-S. Al fin y al cabo, la NSA había quedado en evidencia después de los ataques. Sin ir más lejos, los terrorista de Al Qaeda que secuestraron los aviones aquel 11 de septiembre pasaron sus últimos días en un motel a pocos kilómetros de la sede de la agencia en Laurel, Maryland. Ignorado y frustrado, Drake decidió actuar. No era la primera vez que lo hacía. En su instituto de Vermont, donde su padre daba clases, se convirtió en informador de la Policía sobre los trapicheos con drogas que ocurrían en el patio del colegio. Pero esta vez había mucho más en juego. Casado y con cinco hijos (uno de ellos, afectado por un grave problema de salud), sabía que podía perder su empleo, pero para él era una cuestión de principios. «Era una violación de todo lo que conocía y creía como americano. Estaban consiguiendo que lo que hizo la Administración Nixon pareciera cosa de principiantes».

Así, en 2006, Drake se puso en contacto con la periodista del Baltimore Sun Siobhan Gorman a través de un correo electrónico y utilizando un seudónimo, The Shadow Knows ('La Sombra lo Sabe'). Primero, por e-mail y más tarde en persona fue contándole los abusos, las malas prácticas y los despilfarros de la agencia que lo tenía en nómina. Lo hacía con dos condiciones: que la periodista lo contrastara con una segunda fuente y que él no tuviera que facilitarle documentos clasificados. Y aunque los artículos que Gorman publicó en 2006 citaban fuentes anónimas, un año y medio después el FBI llamó a la puerta de Drake para registrar hasta el último rincón de su casa.

Poco después tuvo que dejar su puesto de trabajo y en 2010 fue acusado bajo la Ley de Espionaje por mal manejo de información clasificada. Drake se convirtió así en un enemigo del Estado, un traidor con todas las letras. Los fiscales lo intimidaron: «Está jodido, señor Drake. Tenemos suficientes evidencias para ponerlo entre rejas el resto de su vida». Se enfrentaba a una pena de 35 años de prisión. Pero la realidad era que el Departamento de Justicia apenas tenía cinco documentos de escasa relevancia contra él. A última hora, los fiscales retiraron los cargos más importantes contra él, y Drake fue condenado a un año de libertad condicional.

Ahora, Drake, que perdió un trabajo por el que ganaba 150.000 dólares al año, trabaja vendiendo teléfonos en una tienda de Apple y dedica la mayor parte de su tiempo al activismo contra la vigilancia del Estado y la protección de otros filtradores como él. «Me preocupa que el próximo objeto de esta caza de brujas no tenga la misma fortuna que yo. Pagué un alto precio por elegir mi conciencia sobre mi carrera», dijo después de conocer la sentencia.No es, ni mucho menos, un caso aislado. Peter van Buren, un veterano del Servicio Exterior americano que sopló información sobre el despilfarro y las malas prácticas del programa de reconstrucción en Irak, trabaja ahora en una tienda de manualidades. Richard Barlow, un condecorado exagente de la CIA, vive en una caravana a las afueras del Parque de Yellowstone con sus tres perros después de haber perdido su pensión. Su pecado fue filtrar que la Administración de Bush había engañado al Congreso sobre el programa nuclear pakistaní. Y Sibel Edmonds, una traductora del FBI que expuso grietas de seguridad en la agencia, nunca recuperó su trabajo y ha fundado la Coalición de Soplones para la Seguridad Nacional.

La historia se repite con Jesselyn Radack. Graduada en Derecho en Yale, siempre había creído en el trabajo de las instituciones. Y, precisamente por eso, mientras trabajaba como consejera ética del Departamento de Justicia decidió hacer público que, después de los ataques del 11-S, el FBI interrogó a John Walker Lindh (conocido como el 'talibán americano') sin que hubiera un abogado presente. La filtración le costó su trabajo y muchos meses de estrés e insomnio. Su caso se cerró en 2003 después de que los fiscales no consiguieran identificar cuáles eran los cargos de los que se la acusaban. Ahora, Radack es una activista a favor de los filtradores al frente de la ONG Government Accountability Project. Además de activista y representante legal, Radack ejerce de terapeuta para los soplones que llegan a su oficina sin un centavo y estigmatizados. «Una vez que te ponen esa etiqueta, es como si fueras radiactiva», ha explicado.

Cuando Obama llegó a la Casa Blanca, en enero de 2009, lo hizo con una promesa para aquellas personas que, como Radack o Drake, decidieran denunciar malas prácticas dentro de la Administración. «A menudo, la mejor fuente de información acerca de despilfarro, fraude y abusos en el Gobierno es un empleado público comprometido con la integridad y dispuesto a hablar. Tales actos de valor y patriotismo deben ser alentados en lugar de ahogados. Barack Obama fortalecerá las leyes de denunciantes para proteger a los trabajadores federales que denuncian despilfarro, fraude y abuso de autoridad en el Gobierno», decía una de sus promesas electorales en la página web oficial de su campaña Change.gov. En julio, en pleno alboroto por los casos de Bradley Manning y Edward Snowden, la página web desaparecía. Y con ella la promesa del presidente.

En junio, The Guardian y The Washington Post revelaban la existencia de un programa de espionaje electrónico masivo en los EE.UU. por parte de sus servicios secretos. Las informaciones apuntaban a que tanto el FBI como la NSA recababan datos de los servidores de empresas como Microsoft, Google, Facebook, YouTube o Apple. Dos días después, el 9 de junio, Edward Snowden, que trabajó como técnico de la CIA y consultor en la NSA, se identificó como la fuente de las informaciones. Después de permanecer en la zona de tránsito del aeropuerto de Moscú durante cinco semanas, Snowden consiguió que Rusia le concediera asilo político durante un año.

Bradley Manning, de 35 años, exsoldado del Ejército americano, ha pasado a ser, oficialmente, el mayor filtrador de la historia de los EE.UU., al ser condenado en agosto a 35 años de prisión por robo, fraude informático y violación de la Ley de Espionaje. Manning facilitó 250.000 cables diplomáticos y 500.000 informes militares a WikiLeaks en 2010. Ahora ha solicitado recibir un tratamiento de cambio de sexo en la cárcel. Quiere llamarse Chelsea. Si la integración en la vida social y laboral de Drake tras su filtración fue difícil, la de Manning parece casi imposible.

FUENTE: www.finanzas.com