LAS AGENCIAS DE RATING. El club de la triple A

Estos tres caballeros de la foto dirigen las tres grandes agencias de calificación de riesgo. Son los jueces inapelables de la economía mundial. Todopoderosos, sus informes pueden tumbar las finanzas de un país o encumbrar a una empresa. Una aureola de misterio rodea sus prácticas y a sus directivos. Les contamos quién mueve los hilos de Standard & Poor’s, Moody’s y Fitch, cómo afectan sus juicios a la economía española y mundial y por qué su labor está como nunca en entredicho.


Las Parcas eran las diosas del destino en la mitología romana. Tres hilanderas que controlaban el futuro de los mortales. Nona devanaba el hilo de la vida, Décima lo medía y Morta lo cortaba. Incluso los dioses las temían. Ese miedo reverencial lo provocan hoy, en el mundo de las finanzas, las tres agencias de calificación más antiguas y poderosas. Ministros, directivos y banqueros se echan a temblar cuando Standard & Poor’s (S&P), Moody’s y Fitch enjuician la salud económica de un país, una empresa o un fondo de inversiones. Sus dictámenes son inapelables. Si ellas te dan hilo, prosperas. Si te lo cortan, estás sentenciado.


Nadie parece saber muy bien cómo funcionan, a qué intereses obedecen sus decisiones y, sobre todo, por qué se equivocan tanto. Una investigación del Congreso de Estados Unidos ha puesto en evidencia los fallos: modelos matemáticos obsoletos, informes dudosos, cifras infladas, tratos de favor... Durante meses se examinaron 400.000 páginas de documentos clasificados y correos electrónicos. Sin embargo, las agencias continúan siendo un enigma; oráculos inescrutables. «No hay que creerlos demasiado», advierte Dominique Strauss-Kahn, director del Fondo Monetario Internacional. «Son sabiondos imbéciles que han estudiado muchas matemáticas, pero no tienen ni idea de aplicarlas», remata Bill Gross, director general de Pimco, la mayor gestora mundial de renta fija. Da igual. Sus calificaciones –la máxima de las cuales es una triple A– van a misa.


Algunos de los correos electrónicos examinados por los congresistas no tienen desperdicio. Un empleado de S&P expresaba sus remordimientos por la excelente nota otorgada a un fondo de inversiones dudoso. «Ojalá estemos jubilados cuando el castillo de naipes se derrumbe.» «Hemos vendido el alma al diablo por dinero o somos unos incompetentes o las dos cosas», se lee en otra misiva. En una tercera, otro analista se queja: «El modelo que usamos para calcular el rating de esta inversión no captura ni la mitad del riesgo». «Pero calificamos todas las emisiones. Podrían estar diseñadas por vacas y las calificaríamos igual», responde un colega.


Eric Kolchinsky, un antiguo analista de Moody’s, declaró ante los congresistas: «Nuestros superiores se preocupaban más de conservar la cuota de mercado que de la veracidad de los informes. No había incentivos para mirar lo que se escondía debajo de la piedra. La mayoría de los analistas es gente honrada, pero en la firma se daba mayor importancia a los beneficios a corto plazo que a la calidad de los análisis. La presión era enorme». Otro empleado de S&P, Frank Raiter, fue tajante: «Si tenías problemas de conciencia te quedaban dos opciones: o te ibas, frustrado, o te arriesgabas al despido. Los analistas somos soldados y cumplimos órdenes».


Los tres presidentes de las agencias de calificación comparecieron ante el Congreso y escucharon con cara impasible las declaraciones de sus empleados. Entonaron el mea culpa, prometieron más transparencia y se marcharon. Hasta la fecha no ha habido ninguna acción reguladora o de supervisión, a pesar de que se aprobó una enmienda para ejercer cierto control externo sobre estas firmas. Pero resultó memorable ver a los tres altos ejecutivos, habitualmente esquivos, dar la cara por una vez, aunque fuese obligados y bajo juramento. ¿Quiénes son? ¿Por qué se dejan ver tan poco? ¿Qué están haciendo para mejorar la reputación de sus empresas, a las que se acusa de haber sido cómplices de la crisis económica o, por lo menos, de no haberla visto venir?


El menos discreto es Raymond McDaniel, consejero delegado de Moody’s. Cobra siete millones de dólares al año y es la fortuna 329 del mundo en la lista Forbes. «Los analistas y directores generales están siendo constantemente presionados por banqueros, emisores e inversores, cuyas opiniones pueden influir en el juicio sobre el crédito. Esto, unido al énfasis en la cuota de mercado, es un riesgo para la calidad de los ratings. Pero a veces no queda otro remedio que beberse la cicuta», reconoció en un memorando confidencial. McDaniel vendió muy oportunamente cien mil acciones de Moody’s horas antes de que se desplomasen, tras hacerse pública una investigación por malas prácticas del organismo regulador de Wall Street. ¿Se aprovechó de información privilegiada? También el accionista más famoso de Moody’s, el gurú Warren Buffet, vendió justo a tiempo. No obstante, dicen las malas lenguas que Buffet y McDaniel ni siquiera se hablan.

SEGUIR LEYENDO ... 
 

FUENTE: XL Semanal