RADIOFARMACOS, EL MILAGRO CONTRA LOS TUMORES INVISIBLES
Número: 1184
Del 4 al 10 de julio de 2010
 

La producción de cada radiofármaco se realiza en el interior de una celda.
El personal del laboratorio debe hacer dos cambios de ropa para mantener el ambiente estéril
 
Son `chivatos´, una especie de rotuladores fluorescentes capaces de `iluminar´ cualquier tumor, por pequeño que sea o escondido que esté. Hasta ahora los radiofármacos en España eran limitados porque son muy difíciles de generar, pero la Clínica Universidad de Navarra ha conseguido sintetizar hasta 12, adaptados a cada enfermedad y paciente. El mal ya no puede ocultarse.

Si algo hemos aprendido del catódico doctor House, es que un diagnóstico certero es más del 70 por ciento de la curación. A ciegas, el médico se queda en chamán, pero gracias a la medicina nuclear y a los radiofármacos cada vez es más fácil comprender el metabolismo del mal y atacar con precisión los tumores.

En España, ya son muchos los hospitales que cuentan con un PET (tomografía por emisión de positrones), un tomógrafo de diagnóstico por imagen capaz de medir la actividad metabólica del cuerpo humano siguiendo el rastro de un radiofármaco administrado a través de una inyección intravenosa. Sin embargo, en nuestro país tan sólo la Clínica Universidad de Navarra es capaz de producir y aplicar doce radiofármacos para el estudio de diversas enfermedades y tumores, específicos cada uno para cada tipo de tumor (como la 11C-Metionina para tumores cerebrales; la colina para tumores de próstata; el acetato para el hígado o la 18F-Dopa para el páncreas). El resto de los hospitales suelen utilizar, sobre todo, la FDG Flúor 18, que es muy útil para tumores de mama, pero tiene una efectividad limitada para otras patologías.

La 18 F-Dopa, por ejemplo, se ha revelado como un radiofármaco clave para los tumores neuroendocrinos y, sobre todo, para el hiperinsulinismo congénito de los recién nacidos. El hiperinsulinismo es el reverso de la diabetes y tiene el peligro de dejar a los bebés graves secuelas en forma de retraso psicomotor o de epilepsia. David, el padre de Candela, recuerda con terror los primeros meses de vida de su hija: «No dormíamos. Había que darle 24 pinchazos al día, medicación cada hora y media y un biberón cada tres; si no, podía quedase postrada en una silla de ruedas para siempre».

Los endocrinos infantiles del hospital La Paz, en Madrid, hicieron todo lo posible. «Pero al final lo único que podíamos hacer era darle comida constantemente para que no sufriera crisis y con tres meses pesaba más de siete kilos», recuerda su padre. Decidieron operar, pero antes de abrir, Candela fue derivada a la Clínica Universidad de Navarra para que le hicieran un PET-TAC con 18 F-Dopa. «El tumor era indetectable con técnicas diagnósticas convencionales como el TAC o la resonancia magnética –explica el doctor Arbizu, especialista en Medicina Nuclear de la Clínica–. La cuestión era realizar el diagnóstico diferencial y localizarlo anatómicamente, y la 18F-Dopa era la única forma no invasiva de estudiar el páncreas con precisión.»

Candela, con apenas tres meses, fue trasladada con una UVI móvil desde Madrid hasta Pamplona. Le inyectaron el radiofármaco y el doctor Arbizu comprobó con alivio en el PET-TAC que se trataba de un pequeño adenoma en una zona concreta y que no sería necesario quitarle todo el páncreas. «Tuvimos mucha suerte –cuenta el padre–, porque, a las 24 horas de volver a La Paz, el doctor Tovar operó a mi hija. Hay que tener en cuenta que el páncreas de un bebé tiene el tamaño de un pepinillo y que el tumor era más pequeño que una verruga, así que si no hubiésemos tenido la imagen en 3D que indicaba dónde estaba el problema le habrían quitado el páncreas entero, con lo que eso acarrea de diabetes y problemas digestivos.» Cuando Candela salió del quirófano, era una niña completamente normal.

El doctor José Ángel Richter, director del departamento de Medicina Nuclear de la Clínica Universidad de Navarra, nos explica el gran avance que ha supuesto para la medicina de la tecnología de la imagen. «Aunar la técnica del PET y la del TAC en un mismo equipo permite estudiar el tumor desde dos puntos de vista diferentes: el metabólico y el anatómico. La observación de un tumor por medio del TAC es como si miraras un edificio desde fuera, pero el PET llega más lejos y te permitirte visualizar lo que ocurre dentro.»

Aquí se ve todo, casi hasta el alma», comenta la doctora Macarena Rodríguez, especialista en Medicina Nuclear. Y es que, en realidad, utilizar la imagen anatómica de un TAC para encontrar un tumor de dos milímetros es casi como buscar una aguja en un pajar, pero con un PET el diagnóstico se simplifica porque resalta con un color el tumor del resto del cuerpo. De hecho, el invento del escáner PET-TAC fue elegido por la revista Time como el más importante del año 2000.

Pero esta tecnología no sería nada sin la tercera pata de la mesa: el radiofármaco, que hace las veces de rotulador fluorescente gracias a la unión de una molécula biológica normal (como una proteína, un hidrato de carbono o un aminoácido) con un isótopo, que es una sustancia radiactiva.

La máquina que hace la magia de convertir en radiactivo lo que, a priori, es sólo agua destilada es el ciclotrón. Nos lo enseña el doctor Peñuelas, director del Laboratorio de Radiofarmacia. Impresionan las medidas de seguridad y el búnker que protege el acelerador de partículas. Peñuelas aprieta un botón y empieza a elevarse una puerta de plomo de quince toneladas. Detrás está el ciclotrón, blindado por paredes de hormigón. «Esta máquina –explica– acelera partículas subatómicas hasta llegar a una quinta parte de la velocidad de la luz y utiliza esas partículas como proyectiles para producir reacciones nucleares. El ciclotrón mueve las partículas y bombardea el elemento que hemos introducido en un blanco hasta crear el isótopo.»

A partir de ese momento, la fracción radiactiva no la toca nadie y el isótopo se transporta al laboratorio a través de un tubos muy finos, enterrados a cuarenta centímetros de profundidad en canales aislados con treinta centímetros de hormigón y diez de plomo. Los tubos desembocan en unas celdas de síntesis, que son pequeñas cámaras blindadas con plomo. Dentro de las celdas hay minilaboratorios robotizados que realizan la síntesis según las coordenadas, que han sido previamente programadas en el ordenador, y mezclan la molécula con el isótopo radiactivo. «De este modo se evita la manipulación del radiofármaco para proteger al personal y el medio ambiente frente a las radiaciones», subraya Peñuelas. Antes de que la dosis salga del laboratorio y se la lleve una enfermera para administrarla al paciente se hace un control exhaustivo de las propiedades del compuesto, pero la comprobación ha de ser muy rápida, ya que el isótopo pierde sus propiedades en pocos minutos. Ése es el motivo por el que la mayoría de los hospitales no puedan disponer de radiofármacos que se producen en laboratorios externos.

Cuando comenzó a hablarse de la tecnología del PET hace quince años, en algunos foros se rumoreaba que el remedio iba a ser peor que la enfermedad, pero nada más lejos de la realidad. De hecho, el doctor Peñuelas asegura que «los radiofármacos son los medicamentos más seguros porque, además de los rigurosos controles a los que están sometidos, las dosis que se administran a los pacientes son tan reducidas que la posibilidad de que se produzcan efectos adversos es ínfima».
 
Isabel Navarro

FUENTE: www.xlsemanal.com