ÚLTIMOS DESCUBRIMIENTOS. PALEOGENÉTICA

Mírelo a los ojos. ¿Le resulta familiar? Es el rostro típico de un neandertal. La ciencia ha descubierto que todos llevamos parte de él en nuestros genes. Pero no se preocupe, nuestro robusto pariente era sorprendentemente listo y cultivado. Se lo contamos.


Las joyas procedían de España, el Cáucaso, Croacia y Alemania: se trataba de huesos de neandertal, guardados durante largo tiempo en los depósitos de distintos museos. En el laboratorio del Instituto Max Planck, de Alemania, los investigadores buscaron mensajes del pasado ocultos en esos viejos restos. Primero, los rasparon y extrajeron de ellos material celular. A continuación, secuenciaron su ADN. El proceso duró cuatro años. Finalmente, el mes pasado el paleogenetista Svante Pääbo presentó los espectaculares resultados de su trabajo detectivesco: la descodificación del genoma del neandertal, esa especie que habitó en Europa hasta hace unos 30.000 años. Era la primera vez que se obtenía el genoma de una especie extinta del género Homo.


Pero si este descubrimiento era importante, aún más impresionante fue lo que hallaron cuando compararon el genoma de los antiguos huesos con el de los humanos actuales. Conclusión: todos tenemos algo de neandertal. «Entre un uno y un cuatro por ciento de nuestro ADN proviene de ellos», afirma Johannes Krause, del Instituto Max Planck. No parece mucho, pero todavía sigue activo en nosotros. Aún no sabemos con exactitud cómo. En cualquier caso, esos genes demuestran que el ser humano moderno y el neandertal tuvieron que mantener relaciones sexuales entre ellos... y tener descendencia. Un mestizaje que muchos expertos habían descartado. Su docta opinión era que el neandertal supuso una vía muerta de la evolución. Desapareció de la Tierra, pensaban, sin dejar rastro genético en su exitoso sucesor, el Homo sapiens.


Aunque este descubrimiento supone toda una novedad, esto no quiere decir que nuestro antepasado fuera un desconocido. Al contrario, de todas las especies Homo prehistóricas, a ninguna se la ha investigado tanto como al neandertal. Desde que en el año 1856 salieran a la luz los famosos restos en Neandertal, cerca de Düsseldorf (de ahí le viene el nombre), los antropólogos han encontrado fósiles de cientos de individuos, abundantes herramientas y asentamientos.


Todo ello ha permitido a los científicos reconstruir una imagen fascinante de nuestros antepasados y eliminar ideas erróneas. El neandertal, por ejemplo, no era un ser estúpido con andar torpe y gestos de simio. Era hábil e inteligente.


Los neandertales son los descendientes de unos emigrantes africanos que se instalaron hace muchos cientos de miles de años en grandes zonas de Europa y de Oriente. El total de la población europea se calcula en entre 7.000 y 10.000 individuos. Al principio, los que salieron del sur eran bípedos altos y esbeltos. Pero hace 130.000 años habían cambiado tanto que a partir de ese momento los científicos hablan ya de «neandertal clásico». Eran unos tipos robustos, musculosos. Un macho medía 1,60 metros de alto, pero pesaba sus buenos 70 kilos. Tenía una mandíbula fuerte, torso ancho y brazos y piernas cortos. El cráneo tenía cuencas oculares grandes y una mandíbula prominente. Y una enorme nariz en medio de la cara.


Su corpulencia era consecuencia de una actividad física muy exigente. Lo mismo se puede aplicar a la mandíbula. Los científicos suponen que con sus dientes no sólo desmenuzaban los alimentos, sino que también podían ablandar el cuero masticándolo o sujetar cualquier cosa imaginable. Sus mandíbulas eran como una «tercera mano» para ellos.


Además, su cuerpo compacto era una adaptación al frío. Una superficie corporal pequeña minimiza la pérdida de calor interno. La nariz ancha tenía la función de calentar el aire gélido antes de que entrara en las vías respiratorias.


En la época de los neandertales, el clima era muy cambiante: se alternaban periodos cálidos y fríos, pero los gélidos eran claramente más largos. En estas fases, con nieve más de la mitad del año, en Europa sólo sobrevivía una vegetación escasa. Había que cazar. Y la caza era abundante: rinocerontes lanudos, bisontes, ciervos gigantes, mamuts, osos y leones cavernarios.


Los neandertales eran maestros cazadores. Lo demuestra la gran cantidad de yacimientos en los que se han encontrado restos de muchos animales diferentes. Por ejemplo, los arqueólogos descubrieron al noroeste de Hannover, el esqueleto de un elefante de los bosques. Tenía una lanza entre las costillas. Hace 125.000 años, alguien tuvo que arrojarle el arma desde una distancia mínima.

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FUENTE: XLSemanal