EL CABRIL, CÓRDOBA
Bienvenidos al único cementerio nuclear de España



 


LUIS DAVILLA
Vista panorámica del cementerio de El Cabril, en Córdoba, especializado en desechos de media, baja y muy baja intensidad. Está a 45 kilómetros del pueblo más cercano.






En el noroeste de la provincia de Córdoba, entre naranjos y olivos, se encuentra el único cementerio de residuos radiactivos existente en la actualidad en España. en medio de la polémica por la adjudicación del próximo centro, les mostramos cómo es el día a día en las instalaciones de El Cabril, una ‘cárcel’ de alta seguridad para los isótopos radiactivos. Aquí pasarán los próximos 300 años, hasta que dejen de ser una amenaza.


El tráiler se desplaza lentamente a través de las sinuosas curvas de la sierra de Albarrana, en la provincia de Córdoba. Todos los ayuntamientos de las poblaciones por donde pasará el cargamento han sido previamente advertidos; al igual que el Consejo de Seguridad Nuclear, los ministerios involucrados, la Guardia Civil y Protección Civil. Sin embargo, los vecinos de la región, habituados a su presencia, prestan poca atención a los símbolos que luce el remolque herméticamente cerrado; junto al característico ‘trébol’ negro sobre fondo amarillo (representa en realidad un átomo rodeado de tres rayos), un cartel reza: «Materiales radiactivos de baja actividad específica».


Unos 240 camiones procedentes de uno de los nueve reactores nucleares que hay en el Estado hacen cada año este mismo recorrido, que culmina en las instalaciones de El Cabril, propiedad de la pública Empresa Nacional de Residuos Radiactivos (Enresa). La primera piedra se puso en 1986 y seis años después comenzaba a funcionar el único cementerio de materiales radiactivos que existe en la actualidad en España (este año se decidirá la ubicación del próximo, especializado en material de alta radiactividad). Con menor frecuencia que los pesados tráileres –un par de veces por semana, aproximadamente– llegan hasta este rincón de la sierra de Albarrana furgonetas procedentes de hospitales, centros universitarios y laboratorios de investigación. Llevan jeringuillas, ropa o maquinaria que han sido utilizadas, por ejemplo, en radioterapia o en experimentos científicos. En total hay unos 600 centros en España que generan este tipo de basura tóxica: unas 2.000 toneladas anuales.


Todos estos desechos acabarán en El Cabril. Pero pasarán 300 años antes de que dejen de ser una amenaza. Tres largos siglos durante los cuales este material contaminante permanecerá enterrado en sucesivas capas de cemento armado y hormigón resistente a seísmos (el centro no se inmutaría ante un terremoto de siete grados en la escala Richter). El hormigón sirve de barrera natural entre los isótopos radiactivos y el entorno.


Hasta finales de 2008, el cementerio había recibido unos 28.200 metros cúbicos de residuos radiactivos, emplazados en las 28 celdas de almacenamiento de material de media o baja actividad. A día de hoy, el cementerio se encuentra a un 60 por ciento de su capacidad, aproximadamente. Pero antes de llegar hasta estos depósitos definitivos, la carga de los camiones es sometida a un meticuloso proceso que comienza con la clasificación del material recibido, en función de su nivel de contaminación. Objetivo: reducir al máximo su volumen y, en la medida de lo posible, su carga radiactiva.


En torno a un 90 por ciento del material recibido proviene de centrales nucleares, y el personal que trabaja en las mismas hace sus deberes antes de ‘empaquetar’ su mercancía: lo envían ya listo para ser almacenado. En El Cabril sólo queda clasificar convenientemente los residuos, de manera que en todo momento se conocen todos los datos de los miles de toneladas almacenadas en el seno de las instalaciones: origen y ubicación exacta en el recinto, el tratamiento recibido, el grado de radiactividad registrado en el momento del `ingreso´... El material que no viene procesado es manipulado en la zona de acondicionamiento, entre fuertes medidas de seguridad. Se emplean técnicas de descontaminación, troceado, trituración y compactación. Una vez que se complete la última fase, el volumen se habrá reducido hasta un 30 por ciento; una manera de ‘exprimir’ la capacidad de las celdas.


En la siguiente fase se procede a inmovilizar los residuos creando un bloque de cemento en el interior de un bidón. Los residuos líquidos, por su parte, reciben un tratamiento algo distinto, porque se recurre primero a métodos físicos (como la filtración, el centrifugado o la evaporación) o químicos (precipitación e intercambio iónico son los más habituales) para reducir su contaminación y volumen. De ahí, al ‘baño’ de cemento en el interior de un bidón de 220 litros de capacidad, al igual que ocurre con las cenizas de los restos orgánicos, previamente incinerados. El destino de cada uno de estos bidones –hasta un total de 18, que suman unos 24.000 kilos– será un contenedor que, una vez lleno, recibe mortero inyectado para inmovilizar la carga. Finalmente, estos contenedores son depositados en su celda de almacenamiento.

La práctica habitual –y así será el futuro ‘hermano’ del cementerio de El Cabril– es ubicar las instalaciones bajo tierra. En el cementerio cordobés se encuentran en la superficie, pero, una vez que se alcance la capacidad total de las instalaciones (se calcula que falta una década, aproximadamente), todo salvo los edificios donde se encuentran las oficinas y los laboratorios necesarios para su gestión quedará cubierto por sendas montañas artificiales donde la vegetación ocultará la presencia de los almacenes.


En cuanto a la seguridad, hay pocos episodios reseñables, aunque algún incidente sí se ha producido. En marzo de 2003 se detectaron unas filtraciones en la celda número 16 de la plataforma norte. El agua no estaba contaminada, pero puso en evidencia un fallo en los sistemas de drenaje colocados bajo los contenedores. La obturación de las cañerías pudo provocar una acumulación de agua en las paredes del contenedor, de modo que ésta se filtró en el hormigón, que no es impermeable. Estos episodios se han registrado en otras ocasiones, pero en ningún caso se ha producido la situación inversa: que sea el material contaminado el que se filtre hacia el exterior.


En Hornachuelos, que es el municipio más cercano a El Cabril –a 45 kilómetros–, de lo que se quejan no es de la inseguridad, sino de que la inyección económica no se haya notado. Argumentan que la población ha bajado de 17.000 a 14.000 habitantes y que sólo un porcentaje muy bajo de los empleados en la planta proviene de las localidades cercanas. Enresa, por su parte, da otro dato: 77 millones de euros invertidos en la región, cinco de ellos destinados a la mejora de carreteras.


Estos días, el personal de El Cabril aguarda las 4.000 toneladas de residuos que recibirá del desmantelamiento de la central nuclear de Zorita, que paró sus reactores en mayo de 2006. El proceso será caro y largo: costará 170 millones de euros y durará cinco años. Se calcula que en total generará 104.000 toneladas de residuos, pero sólo un cuatro por ciento irá a parar a Córdoba. Aquí, en esta ‘cárcel de alta seguridad’, pasarán una larga temporada, rodeados de ciervos, conejos, olivos y naranjos... además de 36 puntos de control del aire, el agua, la vegetación y la fauna local que, según el Plan de Vigilancia Medioambiental, cada año recoge en torno a un millar de muestras que verifican que los niveles de radiación no superan los límites normales.

Daniel Méndez

FUENTE: XLSemanal